sábado, 23 de febrero de 2008

19.- DESDE EL MAR HASTA LA FUENTE


Lloraba como nunca y mientras, cosía.
Por fin, la niña se había dormido después del llanto del pequeño que se negaba a quedar solo en la cuna. Y ella no lo soportaba.
La niña se había acostado pronto sin cenar enfadada. Los caprichos con la comida colmaban su paciencia y además, el pequeño no se soltaba del regazo.
Y ella no tenía fuerzas.
Ya se habían retrasado con los baños porque la niña no había finalizado los deberes. Porque había comenzado a merendar tarde. Porque no le gustaba el bocadillo. Porque prefería cereales. Porque agujereaba los leotardos. Porque perdía las zapatillas. Porque no apagaba el televisor ni recogía los juguetes.
Acumulaba retraso tras retraso desde las cinco, cuando tuvo que recoger a su hija en la portería del colegio y la tutora le llamó la atención por ser la única madre que nunca llegaba a tiempo. "Espero que no se repita ni un sólo día más".
Acumulaba rabia sobre rabia cuando, quince minutos antes, en la guardería, la educadora le reprendió por ser tan negligente. Se le olvidó meter un cambio en la mochila y era cierto que ya no le quedaban más pañales ni dinero para comprarlos. A última hora había tenido que pagar la multa por exceso de velocidad.
Y allí estaba ella, leyendo en los labios de la educadora que no paraban de abrirse y de cerrarse, de arrugarse y de despintarse hasta el agotamiento. No escuchaba. Al mismo tiempo pensaba en la niña esperándoles en la escuela con gesto de desprecio porque las medias del uniforme tenían pelusas y las llevaba del revés. Fue una solución de última hora. Nada más. No tenía otra explicación para su hija que la de ser una madre tonta. Igual que no tuvo respuesta cuando acudió al médico y los resultados de los análisis dispararon la segunda bronca de la mañana. No tomaba los ansiolíticos a diario y el índice de diabetes subía con la misma celeridad que su coche por las curvas. Y si era tan sencillo seguir las instrucciones, por qué sólo almorzaba leche con magdalenas.
Hacía tres años que un nudo marinero le cerraba el paso entre la garganta y el estómago y no podía comer, ni dormir, ni hacer el amor, ni arreglarse en la peluquería. Tampoco podía comprarse ropa nueva, ni salir de copas, ni trabajar como auxiliar administrativo, ni ser la hija deseada, ni una madre puntual, ni pasar un buen rato distraída con el álbum de fotos. De ser posible, lo soñaría. Pero estaba sola como nunca y cosía mientras lloraba.

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